jueves, 21 de enero de 2010

Veintiuno de enero.

Pues ya está.
El día que tanto ansié y que tan poco pacientemente había esperado, llegó y se esfumó, quedando reducido a un simple tachón más sobre los caracteres del calendario.

Los grandes acontecimientos estarán por venir si es que tienen que hacerlo, pero hoy a nadie ha de importarle que yo cumpla 18 años mas que a un reducido grupo de personas, y me maravilla poder llegar a entender que el concepto de 'familia' no se limita a lo que predeterminan unos lazos de sangre. Las cosas nunca ocurren de forma esquemáticamente perfecta y es desmesurado sentarse a esperarlo, pero eso no significa que yo deje de trabajar para encontrar en ellas su propia perfección.

domingo, 17 de enero de 2010

"Nadie es más de aquí que tú".

Ésta es la historia que jamás te hubiese contado cuando era tu novia. No hacías más que preguntarme, machaconamente, y tus conjeturas resultaban muy morbosas y concretas. ¿Era yo una mantenida? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal? ¿Me pasé desnuda todo un año? Daba la impresión de que la realidad empezaba a ser un territorio estéril. Y me di cuenta a tiempo de que si la verdad no tenía sentido, con toda probabilidad no sería tu novia durante mucho más tiempo.

Nunca había tenido intención de vivir en Belvedere, pero no podía soportar la idea de tener que pedir dinero a mis padres para irme a otro sitio. Todas las mañanas me asustaba recordar que vivía sola en aquella ciudad que ni siquiera era una ciudad, de lo pequeña que era. Sólo había unas casas en torno a una gasolinera y, a unos dos kilómetros, carretera abajo, una tienda. Eso era todo. No disponía de coche. Tampoco de teléfono. Tenía veintidós años y les escribía a mis padres todas las semanas para contarles patrañas sobre mi trabajo en un programa llamado LEER, consistente en leerles a jóvenes problemáticos. Les decía que era un programa piloto pagado con fondos públicos. Nunca decidí qué había detrás de las siglas LEER, pero, cada vez que les escribía "programa piloto", me asombraba de mi habilidad para encontrar ese tipo de expresiones. Otra muy buena fue "intervención primaria".
Esta historia no será muy larga, ya que lo asombroso de aquel año fue que casi no pasó nada. Los vecinos de Belvedere creían que me llamaba María. Nunca les dije que aquél era mi nombre, pero, por alguna razón que desconozco, empezaron a llamarme así, y la tarea de decirles a los tres únicos vecinos mi nombre verdadero era algo que me agobiaba. Aquellas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué duplicaban el nombre de Jack, y tampoco estoy del todo segura con respecto al nombre de Kelda, pero era así como me sonaba, y ese era el sonido que yo reproducía cuando me dirigía a ella. Los conocí porque les di clases de natación. Éste es el verdadero meollo de mi historia, porque cerca de Belvedere no había ningún sitio donde poder nadar; por no haber, no había ni piscina. Un día comentaban ese asunto en la tienda, y Jack Jack, que ahora debe de estar muerto porque ya era un hombre muy viejo en aquel entonces, dijo que de todas formas no le importaba en absoluto, ya que él y Kelda no sabían nadar, de modo que lo más probable era que se ahogasen. Elizabeth era prima de Kelda, me parece. Y Kelda era la mujer de Jack Jack. Los tres tenían más de ochenta años, por lo menos. Elizabeth dijo que ella había nadado mucho durante un verano en que fue a visitar a una prima suya (es evidente que no se trataba de su prima Kelda). La única razón por la que me sumé a la conversación fue porque Elizabeth afirmaba con mucha seriedad que había que respirar debajo del agua para nadar.
Eso no es verdad, grité. Aquellas fueron las primeras palabras que pronuncié en voz alta desde hacía varias semanas. El corazón me palpitaba igual que cuando le pides a alguien que salga contigo. Lo que hay que hacer es contener la respiración.
Elizabeth pareció enfadarse, aunque luego me aseguró que sólo estaba bromeando.
Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque tuvo un tío que murió por contener demasiado la respiración en un concurso que se llamaba "Aguantar la Respiración".
Jack Jack le preguntó si se creía de verdad lo que acababa de decir y Kelda respondió: Sí. Claro que sí. Y Jack Jack le dijo: Tu tío murió de un derrame cerebral. Kelda, no sé de dónde sacas esas historias.
Después de aquello, los cuatro nos quedamos callados. En realidad, estaba disfrutando de aquella compañía y deseé que la conversación continuase. Cosa que ocurrió porque Jack Jack me dijo: De modo que sabes nadar.
Les conté que había formado parte de un equipo de natación en el instituto, y que incluso llegué a competir a nivel estatal, hasta que una escuela católica, la Bishop O'Dowd, nos derrotó. Parecía que estaban muy pero que muy interesados en mi historia. Yo ni siquiera la había considerado nunca una historia, aunque, en aquel momento, me di cuenta de que era en realidad una historia muy apasionante, llena de dramatismo y de cloro, además de otras cosas que Elizabeth, Kelda y Jack Jack desconocían de primera mano. Fue Kelda la que dijo que le gustaría que hubiese una piscina en Belvedere, ya que no sabía duda de que eran muy afortunados al tener una entrenadora de natación viviendo allí. Yo no había dicho que fuese entrenadora, pero supe a lo que se refería. Era una pena.
Entonces sucedió algo extraño. Bajé la mirada a mis zapatos y vi el suelo marrón de linóleo. Mientras pensaba que estaría dispuesta a apostarme lo que fuese a que aquel suelo no había sido limpiado desde hacía un millón de años, sentí, de repente, que estaba muriéndome. Pero en vez de morir, dije: Puedo enseñarles a nadar. Y no necesitamos una piscina.
Nos reuníamos dos veces por semana en mi apartamento. Cuando llegaban, yo ya tenía preparadas tres palanganas de agua caliente alienadas en el suelo, y una cuarta enfrente, la de la entrenadora. Añadía sal al agua, ya que, según parece, es saludable inhalar agua con sal, y supuse que de manera accidental algo inhalarían. Les indiqué cómo tenían que colocar la nariz y la boca en el agua y cómo respirar de lado. Después les enseñé a mover las piernas y, por último, los brazos. Reconozco que aquellas no eran las circunstancias idóneas para aprender a nadar, pero les expliqué que ése era el método de entrenamiento que empleaban los nadadores olímpicos cuando no tenían una piscina a mano. Sí, sí, ya lo sé, era una mentira, pero necesitábamos esa mentira porque éramos cuatro personas tendidas en el suelo de una cocina, pateando con estrépito como si estuviésemos decepcionados y frustrados y no nos diera miedo exteriorizarlo. La disciplina de la natación había que imponerla con firmeza para crearles la sugestión de que estaban dentro del agua. A Kelda le llevó varias semanas aprender a colocar la cara. Le decía: ¡Muy bien, muy bien! Contigo vamos a probar con una tabla flotadora. Y le di un libro. Kelda, es muy normal tenerle respeto a la palangana. Es la manera que tiene el cuerpo de decirte que no quiere morir. Y ella contestaba: No me lo dice.
Les enseñé todos los estilos de natación que sabía. El estilo mariposa era sencillamente increíble, lo nunca visto. Creí que el suelo de la cocina cedería, que se convertiría en una superficie líquida y que se llevaría a los tres, con Jack Jack a la cabeza. Era un alumno precoz, por no decir otra cosa. Cruzaba todo el suelo, con la palangana de agua salada y todo. Después de emprender una carrera hasta el dormitorio, volvía a la cocina agotado, sudoroso y lleno de polvo. Kelda, mientras sostenía el libro con ambas manos, levantaba la vista, le miraba y le sonreía satisfecha. Nada hacia mí, le decía él. Pero ella estaba demasiado asustada. En verdad, se requiere una fuerza extraordinaria para nadar fuera del agua.
Yo era de esa clase de entrenadores que, en lugar de sumergirse, permanecen junto a la piscina, pero estaba ocupada en todo momento. Puedo decirlo sin temor a resultar presuntuosa: era yo la que estaba allí en vez del agua. Estaba pendiente de todo. Les hablaba constantemente, igual que un entrenador de aeróbic, y tocaba el silbato a intervalos exactos para indicarles el límite de la piscina. Se daban la vuelta al unísono y nadaban en dirección contraria. Unca vez que a Elizabeth se le olvidó usar los brazos, le grité: ¡Elizabeth! ¡Tienes los pies levantados, pero se te está hundiendo la cabeza! Y, como loca, empezó a dar brazadas, nivelándose enseguida. Con mi meticuloso y comunicativo método de entrenamiento, todas las zambullidas empezaban de manera perfecta, manteniendo el equilibrio sobre mi escritorio, y terminaban con un barrigazo sobre la cama. Pero eso sólo lo hacíamos por seguridad. Aún así, se trataba de una inmersión, de despojarse del orgullo mamífero y aprovechar la gravedad. Elizabeth agregó una regla que consistía en que todos teníamos que emitir un ruido cuando nos tirábamos. Era una regla demasiado creativa para mi gusto, pero yo estaba abierta a las innovaciones. Quería ser ese tipo de monitor que aprende de sus alumnos. Kelda hacía el ruido de un árbol al caer, en el caso de que el árbol perteneciese al género femenino. Elizabeth hacía "ruidos espontáneos" que siempre sonaban idénticos, y Jack Jack decía: ¡Soltad las bombas! Al final de la clase, nos secábamos. Jack Jack me estrechaba la mano, y Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comida casera: un guiso o unos espaguetis. Ése era el trueque, y resultaba tan ventajoso que no tuve necesidad de buscarme otro trabajo.
Eran dos horas a la semana, pero el resto de mi tiempo estaba supeditado a esas dos horas. La mañana de los martes y de los jueves me levantaba y pensaba: Práctica de natación. Las demás mañanas, me levantaba y pensaba: Hoy no hay práctica de natación. Cuando me encontraba aalguno de mis alumnos por el pueblo -es decir, en la gasolinera o en la tienda-, les preguntaba algo así como: ¿Has practicado para tirarte en picado? Y me contestaba: ¡Estoy en ello, entrenadora!
Sé que te resultará difícil imaginarme como alguien a quien llaman "entrenadora". En Belvedere tenía una identidad muy diferente, por eso me resultaba tan difícil hablarte de aquello. Allí nunca tuve novio. No me dediqué al arte, no me sentía en absoluto artística. Era una especie de deportista. Era toda una deportista: era la entrenadora de un equipo de natación. De haber creído que eso te hubiese interesado de verdad, te lo habría contado mucho antes, y quizás aún estaríamos saliendo juntos. Han pasado tres horas desde que me tropecé contigo en la librería en la que estabas con la mujer del abrigo blanco. ¡Qué abrigo tan fabuloso! Se ve a las claras que eres muy feliz y que por fin te sientes del todo realizado, aunque hayan pasado tan sólo dos semanas desde que rompimos. No estaba del todo segura de que hubiésemos terminado nuestra relación hasta que te vi con ella. Me pareciste increíblemente lejano, como alguien que se halla al otro lado de un lago. Un punto tan pequeño que no podría acertar a decir si era femenino o masculino, joven o viejo. Tiene gracia. Esta noche, a quien echo de menos es a Elizabeth, a Kelda y a Jack Jack. De una cosa estoy segura: están muertos. Qué sentimiento tan triste. Debo de ser la entrenadora de natación más triste de toda la historia.


-Miranda July
(haz click).

sábado, 16 de enero de 2010

Tormenta de hielo.

Quizás más gente, una fila entera de personas, debería plantarse ante mí e ir sucediéndose, escupiendo sin rodeos sus razones con más o menos ira: "Ya no te llamo para quedar porque te fuiste aquel día a media tarde dejándome sola", "Ya no cuento contigo porque te marchaste durante aquellas vacaciones cuando tanto te necesitaba", "Ya no te busco para hablar porque me dejaste colgada en medio de esa conversación importante", "La prefiero porque cuando tú te alejaste llegó ella y me curó", "Ya no te echo de menos porque saliste de mi vida y me acostumbré a estar sin ti", ...
¿Sabes?, al fin y al cabo es lo mismo que "No puedes salir en la foto de grupo porque te fuiste del instituto". Cualquiera interpretaría la decisión como una simple elección a nivel académico, pero personalmente no fue más que una cobarde deserción con todo lo que eso conlleva; deserté de él, deserté de ella, deserté de todos... Y ahora tengo que soportar estóicamente que me digan "Te fuiste". Y no quiero que vuelvas.


Pd. ¿Tan nimio? Bueno, ya sabes, las pequeñas preocupaciones son las que nos vuelven locos.

viernes, 15 de enero de 2010

Hablemos de sexo.

Sex and the City. Quizá opines que es basura. Quizá lo sea, eso es lo de menos, pues durante los últimos dos meses y pico esos maratones de sofá han sido los únicos momentos de total lucidez mental que me han ayudado a dar con la teoría definitiva. "Vale, deberías seguir andando, serán muchos pasos y ese fue sólo uno".
Hoy terminé oficial y ordenadamente la historia, con apéndices y demases, y no sé si tiene algo que ver, -bueno, me da igual lo que pienses- pero al pararme un momento justo antes de salir de casa y hacer inventario de sentimientos, las palabras fluyeron solas. "Da otro paso".

Creo que esto puede ser maravilloso. A veces es fantástico poder echar mano de la ficción para barrer el camino de vuelta a ti mismo.

sábado, 2 de enero de 2010

Fe.

Entre las cosas que amo, hay cinco chicos (¡ya hombres casados y con hijos!) que tientan a menudo con dominar sobre todas las demás. Suena de todo menos rebelde, y tampoco maduro, pero a quién la importa la madurez cuando el corazón tira y la mente afloja.
Ellos podrían ser más viejos, podrían llevar treinta años narrado con acritud nuestra Historia y ser otro idealizado icono. Y si los amo tanto es precisamente porque no lo son. No han decidido el rumbo musical del mundo. No pueden hacer nada más que deleitar a unos cuantos creyentes con sus muy humildes trucos de magia mientras el resto los mira con el estereotipo pegado a la córnea, y a la vez es grande el hecho de que sean sólo unos chavales disfrazados de eminencias que salieron del pueblo motivados por su amor a todos esos falsos ídolos, tentando con seguir sus pasos, separando los pies del suelo tan sólo lo suficiente para poder volver a posarlos y decir "ey, sólo estamos jugando".
No hace falta ser el mejor a efectos para sí poder ser el mejor a ojos de alguien, y ahí entro yo, alejándome durante largos períodos de tiempo pero manteniéndolos en el subconsciente. Quizá lleve casi un mes sin escucharlos y no tenga ganas de hacerlo tampoco, pero sólo necesito dedicar unos minutos a leer una referencia cualquiera para volver a avivar la llama. No puedo olvidarme de que ellos me lo han dado todo.

viernes, 1 de enero de 2010

Ten paciencia conmigo y te prometo amor.

¿Sabes qué?, entre la espada y la pared no se puede hacer balance.
No me siento cómoda respecto al 2009. No me siento segura respecto al 2010. No sé lo que quiero ni cómo lo quiero, ya desde el primer minuto. Puede que éste sea el año en que me mude, puede que éste sea el año en que domine el inglés, puede que adopte otro perro porque puede que el mío se muera. Puede que me olvide de algunos. Puede que me deje por el camino las ganas de muchas cosas, o puede que lo haga todo genial y me siente aquí el 31 de diciembre a contártelo.
Lo único que hoy por hoy puedo decirte con certeza es que estoy a punto de reencarnarme, y ese es un viaje sin retorno.