sábado, 2 de enero de 2010

Fe.

Entre las cosas que amo, hay cinco chicos (¡ya hombres casados y con hijos!) que tientan a menudo con dominar sobre todas las demás. Suena de todo menos rebelde, y tampoco maduro, pero a quién la importa la madurez cuando el corazón tira y la mente afloja.
Ellos podrían ser más viejos, podrían llevar treinta años narrado con acritud nuestra Historia y ser otro idealizado icono. Y si los amo tanto es precisamente porque no lo son. No han decidido el rumbo musical del mundo. No pueden hacer nada más que deleitar a unos cuantos creyentes con sus muy humildes trucos de magia mientras el resto los mira con el estereotipo pegado a la córnea, y a la vez es grande el hecho de que sean sólo unos chavales disfrazados de eminencias que salieron del pueblo motivados por su amor a todos esos falsos ídolos, tentando con seguir sus pasos, separando los pies del suelo tan sólo lo suficiente para poder volver a posarlos y decir "ey, sólo estamos jugando".
No hace falta ser el mejor a efectos para sí poder ser el mejor a ojos de alguien, y ahí entro yo, alejándome durante largos períodos de tiempo pero manteniéndolos en el subconsciente. Quizá lleve casi un mes sin escucharlos y no tenga ganas de hacerlo tampoco, pero sólo necesito dedicar unos minutos a leer una referencia cualquiera para volver a avivar la llama. No puedo olvidarme de que ellos me lo han dado todo.