miércoles, 10 de febrero de 2010

Piglet se acercó. "Pooh", susurró. "Sí, Piglet", dijo Pooh. "Nada", dijo Piglet cogiéndole la pata a Pooh, "simplemente quería saber que estabas ahí".

Tampoco es mucho, pero sí más a menudo de la cuenta se me olvida que un año, por alto, no es suficiente para conocer realmente a alguien, por más íntima o profunda que llegue a parecer esa relación. Soy de los que creen en el efecto del tiempo, para bien y para mal.
Con gracia, puedes dar con tu mejor amigo a la vuelta de la próxima esquina cualquier día nublado al este de la ciudad, justo donde la tienda de ultramarinos. ¿Será 4ever...?
Al contrario, los amigos no se pierden; se mueren, obvio, pero por lo demás, perder un amigo es algo que me resulta simplemente imposible de concebir: pienso en esa posibilidad como si la vida no fuera más que la partida que retransmite alfanuméricamente el monitor de la bolera, y tú fueras anotando y descartando miembros en tu equipo según conveniencia y potencial.

Así que para mí, los amigos simplemente lo son o no lo son. No hablo de amigos, nótese, sino de AMIGOS. Y puede que ese sustantivo común, y tan común, sea una de las palabras más utilizadas desde siempre por los hombres en cada uno de los idiomas, casi con tanto derroche como el te quiero... Pero la verdad es que quien sepa a ciencia cierta que puede contar con un único y verdadero amigo a través de tiempo y espacio, debería considerarse la persona más afortunada del mundo. -La realidad sobre medias naranjas y almas gemelas.-
Quien crea que tenga dos, que se ande con pies de plomo.
Quien diga que tiene tres, o miente, o que por su propio bien vaya pensando quién sobra en su ecuación.



(No lo medites más de cinco segundos tras acabar de leer, te darás cuenta de lo jodidamente solos que estamos en la inmensidad. Tú, tu cerebro, solo...
He aquí el motivo de que la religión nunca pase de moda.)